sábado, 8 de julio de 2017

Federico en Urueña: Quien dice sombra

      Las murallas de Urueña contemplaron la celebración. Vino Federico Gallego Ripoll a recoger el premio Villa del Libro, tan premioso en su hacer que han pasado dos años desde su convocatoria hasta su entrega, y lo trasformó en gozo. Aquello, lo que había sido previsto como trámite institucional, quebró. Y por las rendijas de la serena tarde castellana apareció la poesía, quiero decir Federico, para hacerse cargo de todo. Primero en el acto de entrega, con sus palabras de aceptación, pero sobre todo en la lectura al aire libre, al sol vencido, a la sorpresa caliza de junto a la muralla. 

      La voz, el potente matiz de la voz del poeta, hizo de su vuelo búsqueda. Nos recordó que siempre ha entendido la poesía como destino, como lugar de encuentro. El poeta de la mirada múltiple, el poeta proteico por su capacidad de ser lo que canta, el poeta atento al pájaro del instante leyó para todos. Y todos escuchábamos sin tiempo. Hasta el aplauso del temblor final. Salvo en el poema que dedica a su madre, recién desaparecida, en todos los demás su lectura estuvo acompañada por el susurro musical –celestial– de Suria Pombo y Raúl Balbuena. Dos músicos que supieron captar y servir, que jamás ocultaron las palabras. Los poemas de Quien dice sombra, tal es el título de libro de poemas editado en la colección Maravilla Concretas, se abren con la cita de Paul Celan "Dice verdad quien dice sombra". Federico encuentra la verdad tras cada sensación, tras cada negación de lo abstracto o lo concreto. O de la lógica. O de la narración. Sus textos se levantan en el sendero inestable que conduce desde lo visto a lo sentido. Es en ese camino de excitación donde su voz halla posada, donde su yo ve a los otros. Cada poema -no hay gritos- es una llamada. No es posible sentir solo, parecen exigirnos, es preciso compartir el misterio, lo inexplicable, lo que atrae e inquieta. Porque así se construye un poema en Federico: nace de lo cierto, de lo aparentemente cierto, para explorar lo que de enigma encierra la verdad, el pálpito inconcreto que conduce hacia los interrogantes. En pocas lecturas como en esta fue tan evidente. Federico no excava, ni siquiera escarba, tan solo araña la piel de su pronombre para hablar y escuchar a otros pronombres que siente próximos. No escribe para ser leído en años, en siglos futuros, sino ahora, ya. Convocando. Hay en él desprecio a la trascendencia, a lo grandilocuente, tanto como al coloquialismo. Hay en su decir, en su lenguaje una distancia perfecta entre poeta y lector,  pero sobre todo consigo mismo, con lo que pide y espera de su mirada. El árbol, la luz, las aves, los ruidos… con las cosas, entre tantas, que atento vigila, porque sabe que ahí sucederá. Y todo ocurre tan natural en su hacer, ocurría tan natural en su lectura, que Federico no nos parece entonces un poeta, sino un hombre desnudo a quien los alrededores visten.  Y él se deja porque desea contárnoslo. Todo esto sucedió, 5 de julio, en la lectura de Quien dice sombra. En Urueña de Valladolid. Junto a un sol vesperal, piadoso y ocre, por entre los milagros sonoros de Raúl y Suria, ante la escucha atenta de los paisanos, y con la amiga de poetas como Carlos Aganzo y Fermín Herrero. Estuvimos allí.

      Quiso el poeta cerrar el acto nombrando la reciente edición de Cardinales. Ocho poetas y con la lectura de cuatro de los poemas suyos que contiene.

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                                                (Frágil)

Es todo tan sencillo.
El mundo está al alcance de tu mano,
sólo existe lo que puedes tocar, gustar, oír…

(aunque también camines al borde de la espada,
el plomo o la cicuta).

La existencia depende del lugar:
yo recuerdo,
tú olvidas.

La frontera se rasga como una tela vieja.

***

                                                  (Rito)

Sólo los árboles me dan la mano,
ellos entienden mi danza.
En el claro del bosque, cuando la luna deletrea
nuestros nombres y nos da a beber
leche de vocales de lenguas ignotas,
vienen los árboles a mostrar su aura desnuda
y a cantar con nosotros
las antiguas cantigas de ausencia.

Son necesarias muchas vidas hasta volver en árbol.
Hay que olvidar todas las leyes,
el uso de todas las armas,
el camino de todas las fronteras.

Sólo entonces
puede ser que el alma del hombre
se haga alma de árbol.   


         

viernes, 30 de junio de 2017

Siete haikus de Cristóbal López de la Manzanara


      Qué problema el asunto del haiku. Tan leve, tan próximo en su hacer, tan sensación, tan sugerente. Qué tentación desde que el mexicano José Juan Tablada publicara en 1919 Un día… o desde que Octavio Paz -La poesía de Basho no es simbólica: la noche es la noche y nada más- lo revitalizara allá por 1957. Que tentación para unos españoles que tienen el oído acostumbrado al 5/7/5 de la seguidilla. Que tentación de fusionarlo todo, asonancia incluida. Lo de las estaciones, lo del instante, lo del paisaje, lo de la fugacidad cósmica, lo de la sensación de contraste. Lo de la ausencia de metáfora, de causas y consecuencias. Todo eso que tanto se sabe y tan bien nos repetimos unos a otros. Pero qué tentación tan a la puerta de casa lo de las 17 sílabas hispanas, esas que nada tienen que ver con las 17 japonesas. Con lo intraducible. Es conocidísimo que Benedettí las tomó como juego, como riesgo, y, despreciando el fondo del asunto conscientemente, se quedó con la atracción de su forma. Con el molde. Dicen que hacía cien en una siesta. Qué tentación. Tanta que en los llanos de Albacete personas como Susana Benet, Valentín Carcelén, Elías Rovira y tantos otros se esfuerzan por… Disculpen que interrumpa la digresión, todo esto viene aquí tan atropelladamente porque Cristóbal López de la Manzanara ha editado (Lastura 2017) un libro de haikus al que ha titulado EN, y por subtítulo Haikus para una primavera, del que quisiera decir.

      Presentado, 25 de abril, en el Espacio Mercado de Getafe por voces tan autorizadas como los poetas Manolo Romero y Matías Muñoz, la voz de Davina Pazos en la lectura y la proyección de imágenes ad hoc con textos en caracteres japoneses crearon una atmósfera ideal entre las casi 200 personas que llenaban la sala. Una sala repleta para escuchar haikus. Que no defraudaron. Haikus asonantados, sí, pero disciplinados en las medidas y en las aspiraciones. Dice bien en el prólogo Corredor Matheos cuando advierte que procuran atender a los preceptos ut supra recordados, pero que sobre todo se esfuerzan en establecer relaciones entre los distintos elementos de la naturaleza que reclaman. Esa es su gran virtud, reafirmo. Pocas veces, aunque alguna –sobre todo el amor- aparece lo humano y sus emociones en lo observado y contado. Y menos aún sorprendemos a la acción estéril entre las partes del todo. El poeta cuida hasta el extremos sus intenciones. Son haikus escritos con claridad punzante, a prueba de sencillez, con limpia mirada, con abiertos ángulos de luz. El poeta no intenta por ningún motivo dejarse influir por los elementos y los acontecimientos observados. Mucho menos extraer lecciones morales. Hay pues una disciplina cartuja de vigía y densidad que disculpa la aparición de adjetivaciones, única grieta por la que el ánima del autor se vincula, dejándose ir, con el paisaje y su discurso (y que crean escenarios que el lector agradece por su frescura). Como en cualquier libro de haikus, unos dejan indiferente a quien lee y otros le remueven. Es el riesgo del haiku, esa ráfaga que intenta poner en contacto dos miradas, dos sensibilidades en tan escasos límites, en tan distintos momentos. Pero hay en todo él una dignidad, nacida del rigor, poco frecuente en quien por vez primera se expone a una prueba de tal dificultad. Es Cristóbal López de la Manzanara poeta poco prolífico, por eso es tan de agradecer su valentía y este libro arriesgado. Un mirada pretendidamente objetiva que tanto dice de su subjetividad. Les aseguro que se conoce mejor al hombre y al poeta tras cerrar la lectura de este libro.

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Vida entre muerte
cuadro de mayo, rosas
de sur al este.
*
La paz desnuda
recostada en el césped
llena de dudas.
*
Alfiletero:
corazón con la sangre
de terciopelo.
*    
El remolino:
humareda de sed
en el camino.
*
Nieve en vilanos
del diente de león
por los majanos.
*
Enrojecida
comunión en la tarde
de luz herida.
*
Cinco aviones
trazan un arco iris
con siete errores.

martes, 27 de junio de 2017

Dos poemas de Alfonso González-Calero

      Ay de los poetas tardíos, gemía el Eclesiastés. Los que luego fueron ignorados en la jornada del monte de las bienaventuranzas. Un libro reciente, La musa a la deriva, de Pedro A. González Moreno, se ocupa de ellos con justeza. Son más abundantes de lo que se cree. Algunos fueron de vocación temprana y han necesitado el paso del tiempo para vencer el pudor de mostrar. Conozco el tema. Por ello comprendo la tardanza y la decisión de Alfonso Conzález-Calero García: el periodista, el promotor editorial, el agitador de espíritus, el hombre siempre al servicio de la cultura castellano-manchega, en dar a la luz su producción poética (1985-2015) que ha agrupado bajo el título de Ida y vuelta, aparecida recientemente en Biblioteca Añil Literaria. Poeta tardío sólo en apariencia.


      La excesiva amplitud cronológica de la muestra podría indicarnos una voluntad antológica de obras anteriores, pero quienes conocemos la persona y la labor de Alfonso, sabemos que no es así, sino que es libro que nace por acumulación, por desborde, por la incapacidad de su autor para sostener en el redil lo que pugnaba por ser aventado. Es un libro amplio, a pesar de la purga que el autor ha debido someter a lo que vivía remansado, y distribuido en seis apartados. Los poemas, sin título, no respetan escrupulosamente el orden de creación, sino que buscan agruparse por intereses comunes. Vienen dominados por la reflexión sobre la aventura del vivir, sobre el enigma de la existencia, sobre la violencia o no del destino. “¿De qué estás hecho – dice el poema final de la tercera parte-  de tu propio orgullo/ de obras de los otros/ de despojos/ y del leve cariño de unos cuantos.” Y es que el hombre deviene en soledad aunque no la busque; y es que el hombre se pregunta por el significado de la palabra mañana, cuando la palabra ayer aún no ha sido entendida. Poesía de la existencia, más que de la edad, que también: los primeros poemas fueron escritos con el autor en 34 años. Digamos que el libro se construye con poemas fechados y con citas provocadoras No son meros adornos, como en ocasiones sucede. Citas a las que en general responden los poemas, y fechas significativas de estados límites de emoción que nos conducen siempre hacia la introspección, hacia el adentro del hombre exacto que sostiene al poeta. Son en general poemas breves, como apuntes, como dardos. “En una sola frase/ captas/ sabes/ conoces/ lo que se te ha ocultado/ en muchos años”. La violenta mansedumbre que lo habita, hace gozosa la lectura de este Ida y vuelta en donde cualquier hombre puede sentirse reconocido, interpelado, buscado. Fieramente humano, por emplear el término de Blas, pero escrito con el sosiego del que se sabe íntimo, sin deseos de provocar ni provocarse sino con la ambición de poder decirse,, escarbarse, aunque sea mínimamente. Y dejar nota sobre lo hallado. Alfonso titula Para dudar que vivo el primer apartado, y esa duda, la de qué significa vivir, es la que tiñe cualquier pared, cualquier página, de este poemario, que si no fuera por lo desgastado del uso, uno lo tildaría de honesto, solamente por la sinceridad desde la que está levantado. Y es que vivir, aún sin saber para qué sirve, terminará costándonos la vida. Un gasto inútil a veces. Un ida y vuelta al que nos es difícil, salvo en precisos instantes, encontrarle sentido. Aquí el poeta que es Alfonso, cuando decide ejercer su madurez como tal, lo hace siempre traspasado por las incógnitas, instalado en la frontera entre lo decible y lo indecible.  Yo creo que tanto en el trasluz como en la zozobra de Alfonso González-Calero es posible encontrarse. Encontrarme.

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NUEVE
 
La lluvia oculta el cielo
Adelanta la noche
Siembra el ruido de mil furias
Contra la tierra,
Parece querer borrar nuestros contornos

Y me preguntas, ¿Cuándo terminará?
Nadie lo sabe
Sólo sabemos que abandona,
Pero no cuando.

            Tavernes  14/09/02

ONCE

Tienes que decirlo,
En dos palabras.
Evita rodeos.
Sobran los vacíos adjetivos.
Los circunloquios opara bienpensantes.
Los eufemismos para los miedosos.

Tienes ya que decirlo
En dos o tres plabras,
Sin retótica:
La vida duele.

           Madrid  12/11/02  Metro   


viernes, 16 de junio de 2017

Ramón Palmeral. Paisano en Alicante

Autoretrato
(Ramón Palmeral)
     

     Nacimos a cuatro meses y cien metros de tiempo y distancia. Sus padres estaban de verde tránsito laboral por Piedrabuena. Eran aquellos tiempos de la paz forzada y ganarse el pan con esfuerzo. Apenas niño abandonó el pueblo para no volver jamás. Digo físicamente, porque jamás se ha ido de la luz de su nacer. Ramón Palmeral, poeta, crítico, divulgador y pintor vive en Alicante, en donde lo conocí y traté brevemente con motivo de una lectura, a la que él se acercó con gentileza. Y difundió. Desde aquel entonces hemos sabido uno del otro con cierta fugacidad, frugalidad. Hasta este año.  Es el caso que Ramón (Fernández) Palmeral admiraba y seguía la obra de un paisano común, de Nicolás del Hierro, y ha sido el hecho doloroso del fallecimiento de Nicolás lo que ha acrecentado nuestra relación.

Retrato de M. Hernández
(Ramón Palmeral)
      Es sabido que Ramón Palmeral ha dedicado su vida a la pintura – tiene óleos cedidos en el Museo López Villaseñor de Ciudad Real– y a estudiar y divulgar la obra del oriolano. Un dibujo a plumilla que adjunto y le llena de orgullo, cómo no, ha podido servir para una estampa de correos conmemorativa de los 75 años de la muerte de Miguel. Dibujo que le solicité para poder compartir con mis lectores.  En fin, dos afanes que han unido sus intenciones y se han concretado en el sello. Un orgullo que comparto. También es bloguero de pro. En Nuevo impulso, que así se llama su bitácora, da cuenta de la agitación cultural alicantina en donde no se priva de sostener opciones en su opinión crítica. También sé que es lector habitual de esta casa, donde espera..

      Digo todo lo anterior porque es el caso que en este 2017 preñado de hechos, la labor poética de Ramón Palmeral se ha concretado en dos publicaciones, una en enero, La cólera de Aquiles, y otra en mayo.  Con el primero, un largo poema épico dividido en 19 cantos, Ramón Palmeral, con una técnica que merodea el versículo y coquetea con la prosa, se baña en los mitos homéricos para atravesar el Mediterráneo, desde Troya a Tarsis, de Agamenón a Argantonio, con una sintaxis tan melancólica y trabada como audaz. Poesía épica llena de coraje, reivindicadora de los orígenes, buceadora en las genealogías  que buscan el Hades desde los amaneceres. Así comienza el canto dedicado a Heracles

Mi lazarillo me anuncia que el ocaso
tiene un cielo herido de luz
suspendida en sí misma,
en el ocaso se puede ver
la verdad en mi piel,
se trasluce el violeta de mis venas,
se puede cantar en mis carnes mis sueños y pesadillas.
El arte de la poesía es la única forma de vencer la vida,
instinto de magnificar el héroe…  

Apunte sobre Nicolás del Hierro
(Ramón Palmeral)
      El libro de mayo, Lágrimas ebrias de melancolía, es un recipiente donde se mezclan ansiedades, amores, esperanzas y desvelos. Hay en todo él una tensión vital que desborda el cuidado de las formas. A Ramón Palmeral le importa más el qué decir, la urgencia de decir, la voz interna de la conciencia en ascuas, que los límites que las formalidades imponen. Todo el libro es un desgarro con homenajes a aquellos que ha sido su norte: progenitores, compañera vital, amigos. Un libro de la voluntad de vida para la vida. Así escribe Ramón Palmeral en el poema con que recuerda a Nicolás del Hierro.

Quiero reencarnarme
en cigüeña y volar
por todos los campanarios de La Mancha
y tocar un réquiem de conjuro
entre las jaras,
cambrones
y los romeros tristes.

     Para él, para este manchego de nacimiento, andaluz de origen y alicantino de adopción, como se titula, y con enorme cariño, hay también un hueco en Mientras la luz. Casa grande que aún es.


lunes, 12 de junio de 2017

Un poema: Valmayor y junio



Porque es la vida
el daño y permanece,
aquí, frente a esta sierra
de voz sellada,
con el aire invadido
por furiosos jarales
y equívocas umbrías,
frente a esta sierra,
alto cuarzo sin nieve,
desenhebrada luz, para poder
vivir de nuevo
he querido que lleguen hasta mí
uno a uno los días,
solitarios,
antiguos,
tan sólo por sentir
más pura la certeza de mi origen.





Aquí,
frente a la cumbre erguida
de Valmayor
y sus sienes de bronce,
mientras miro en sosiego cómo inunda
el cansancio del sol
el junio extenso,
dorado de las rañas,
escarbo en su color 
hago
recuento de esperanzas y de pérdidas,
de las sombras que aguardan,
de lo ardido,
como si todo, todo
lo que viví, lo andado entre las gentes
y lo escrito,
hubiera sido bello alguna vez,
verdad.


miércoles, 7 de junio de 2017

Hilario Barrero, renacido y nocturno

Hilario Barrero y José Luis  Morante
tras la lectura, por la calle Segovia,
buscando un bar de cañas.
     
      Llamado por la tierra, por la poesía, por los editores… y en llamas. Así acude cada año, desde su particular y observado Brooklyn, Hilario Barrero a la meseta. Este blog sigue ha tiempo sus actividades, sus esperados diarios, sus ojos tras sus pasos, su hacer poético. En este viaje 2017 quedó para el final su lectura madrileña. Al día siguiente volvería a las costas de allá, de enfrente. Acompañado por José Luis Morante, voz señera de la crítica poética, acudió a la biblioteca Iván de Vargas –sitio a considerar– el miércoles 31 de mayo para presentar su antología a rayas. La de Renacimiento, ya saben. La rotulada Educación nocturna. Título tal vez elegido por resonancias del oficio, tal vez por otra cuestión. Algo que no se aclaró en la conversación con que Hilario y José Luis abrieron el acto. Dos buenos amigos, y amigos cómplices ambos de José Luis García Martín, autor de prólogo y edición. Hablaron de los resquicios por donde el aire de sus poemas circula. La trascendencia de lo cotidiano, lo transitivo entre el yo y los otros, lo biográfico, la circunstancia como semilla del poema, la ausencia de lecciones morales, la presencia del deseo como máquina. Todo eso iba yo anotando, no sé si con acierto. También de la mirada reflexiva que conoce la melancolía y la bordea. Hay en la poesía de Hilario una búsqueda identitaria sin agobios, sin ansias. Una indagación, en tentación sostenida, por lugares y personas.  Y es que la voluntad inquisitiva de saberse aparece como una corriente poderosa y pacífica, terca: no abandona, no deja de atravesar palabras y poros. Con ella vive reconciliado, y en combate con el tiempo y su amenaza. Voz que se concreta con afanes lejanos a lo experimental. La noté forjada en los manantiales del 50, en aquellos maestros a los que tantos debemos tanto. Voz que no logró desdibujar siquiera la tensa premura con que leyó los siete poemas elegidos. Sepan que él, Hilario, dibuja objetos y obsesiones. Y los reparte, bien de forma exenta, bien como detalle sugeridor en las publicaciones –plaquettes, revistas- con que su generosidad mantiene lazos, cultiva afectos. 
       Es un libro, este Educación nocturna, para lectores necesitados. Todo dice en él. Todo nos dice. En todo se nota origen y destino. Todo atiende a lo urgente, quiero decir al hombre v. la soledad. Todo en él explica por qué la poesía salva. Y escribir es devolver a la vida algo de sus dones. De sus miserias.

Léase este poema.   

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Geografía

En Barcelona fuimos una hoguera
aquel verano del setenta y uno
ardiendo sin llegar a la ceniza. 
Después vino una lluvia inadvertida
e inundó el cobertizo donde estaba la leña.

En Nueva York bajamos al abismo
y estuvimos a punto de ser carbonizados.
Crecieron unas sombras en la alcoba
insistiendo en mezclar su sangre con la nuestra,
pero nos protegimos con la muerte
que era todo lo que aún nos quedaba.

Anoche en Alexandria, junto a ti,
dominados por la dudosa satisfacción
del que llega a la meta, éramos dos rescoldos
caminando despacio hasta el hotel
para dormir en camas separadas
sabiendo que al crecer la luz primera
vendrías a mi lado a despertarme.

martes, 30 de mayo de 2017

El cuarto No Madrileños. Una celebración


     Qué bien lo que tan bien termina. Intensa fiesta de la poesía el jueves 25 de mayo en la sala Trovador. Completaba su círculo la convocatoria, cuarta de No Madrileños, con la que este humilde blog ha querido celebrar, por cuarta vez, su quinto aniversario.  


Del septentrión peninsular llegaron la coruñesa, afincada en Nueva York, Marta López Luaces y el zamorano de nación y leonés de residencia Tomás Sánchez Santiago. Dos poetas, dos voces tan sugerentes como distintas. Faltó la persona de José Luis Morales, convaleciente aún, pero no sus textos introductorios, que en esta ocasión se escucharon a través de la voz de Rafael Soler y Francisco Gª Marquina

Fueron, las de los poetas, lecturas amplias, generosas, al gusto habitual de este ciclo. Una sala repleta, con matizada luz, devolvía a los poetas la magia, la devoción. Mezcla de lenguas en el decir de Marta, algo que comienza a ser habitual, para una poesía en desvelo de modernidad, donde el desasosiego y el ansia de plenitud se mezclan, se alteran. Y la voz pausada y serena de Tomás para contar la proximidad de las cosas, de las gentes, y el amparo que supone conversar con ellas, caminar con ellas, saberse parte, y gozo, y celebración con ellas.  


       Fue un rotundo final para una aventura que iniciaron en abril de 2014 Federico Gallego Ripoll y Vicente Gallego; que en 2015 continuaron Basilio Sánchez y Mª Ángeles Pérez López, y el año recién pasado prolongaron Isabel Bono y Joaquín Pérez Azaústre. Ocho voces, ocho vientos que ahora se recogen en un libro: Cardinales, que verá su luz primera (no se lo pierdan) el viernes 2 de junio en la Feria del Libro de Madrid. Porque quede –también en papel- memoria de algo que tanto ha significado en la agitación poética madrileña.

La tarde terminó como acostumbran los asistentes, con tiempo para el abrazo alimenticio, para la caridad del vino y la excitación de las conversaciones. Todo ello antes de la animación que procuran amigos tan claros y habituales como David Morello, Carmen Bermejo, Luisa García Ochoa y Ana Bella López Biedma. . Tesoros que siempre acompañaron. Las fotos son del poeta José Luis Torrego.

Tan sólo por la existencia de estas cuatro celebraciones ha merecido escribir este blog, este Mientras la luz metido en dudas. Gracias a todos. Siempre.

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De Tomás Sánchez Santiago

ÁRBOLES

Tala general. Zamora. Margen izquierda del Duero.

Todo se lo han dejado hacer: nidos arriba, manchas obscenas y tachaduras sobre nombres ya aborrecidos.

Pasión silenciosa la de los árboles.
Pero hay un ritmo interior que nadie sabe. El juego ciego de las elaboraciones:
hojas, flores, vainas, frutos.

Y, luego, es que no se defienden. Se entregan a las usurpaciones como animales quietos.

¡Y que nada consiga defraudarlos…!

Caen sobre su entereza
manos, uñas, hachas, órdenes.

Pero no hay idioma en ellos que delate ese dolor de los arrancamientos.

Nadie, nadie sabe a qué suena la voz pasiva de los árboles.



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De Marta Lopez Luaces

NÓMADA

En las largas mesas del tiempo 
beben los cántaros de Dios.
Beben hasta el fondo los ojos
de los videntes y los ojos de
los ciegos, los corazones de las 
sombrasimperantes, la mejilla
de la tarde.
Paul Celan

Vengo de un pueblo condenado
a errar por tierras extrañas.
Tres días caminaron
a la sombra de Babel.
Heredo de ese tiempo           
un mapa y un cielo.

De mi raza
el rasgo de la ausencia me delata
y una certeza:

antes de la tormenta
de las sequías
de tu mirada
de mi orfandad
de aquellos fuegos
y antes de las sombras que les precedieron
había un antes
que la memoria me pide, rescate

Pero he llegado tarde
las lluvias han pasado
los ríos regresan a su cauce
se alzan las ciudades en el horizonte
y se me prohíbe la entrada

Aquí, a sus puertas
espero
la resurrección del recuerdo
del yo que era

Sus heraldos exigen que renuncie
      a mis nombres
       mi sangre
mi heredad
y que disfrace la voz
y  jure
por la fe de su idioma


(mi raza sigue en busca de la lengua
perdida
antes de la infancia).