jueves, 12 de octubre de 2017

Un poema de El oficio del hombre que respira


  
Porque vivir es esto,
un viaje sin excusa,
un reto de distancias, nunca quise
ser transeúnte roto en sus caminos.

Sabedor de sus túneles y alfombras,
de sus bifurcaciones,
de sus tretas gordianas, de que nunca decreta
cárcel para los buitres ni da salvoconductos,
hice largo el trayecto, pero rumor mis pasos.

De cada recorrido guardo
el polvo de la marcha,
el sol con que se guían los audaces
y la plata encendida de las cumbres,         
no recelo
de veranos con nieve,
de crepúsculos pálidos,
de posadas con voces clandestinas, sigo
poniendo nombres
al fracaso de algún ayer intruso,
a las aves y encinas que me cruzan,
a los patios del sueño,
y escribo, si me deja, de sus provocaciones,
de sus enemistades,
del amor junto a los acantilados.

Aún espero a Borges
en las noches de tregua y estrelladas,
no pregunto a quien pasa,
no respondo.
  

lunes, 9 de octubre de 2017

De poetas viajeros: Soler, Azaústre, Curiel


Soler en NY / Foto: Marianela Medrano

   



   Al tiempo que un poeta tan cercano a todos como Rafael Soler abandona su predio más querido de la Glorieta de Bilbao, de El Comercial, para irse a leer a Nueva York, llegan a Madrid poetas de residencia lejana para acercarnos sus novedades. Vientos que mudan y transportan. La poesía es un pájaro ciego que teme de los lugares sellados, de las almas repetidas, de los límites. 




Foto: MC Barri
       Se anunciaba recia la tramontana. Era septiembre, 29 y viernes. Desde Lugo (o así) acudió Miguel Ángel Curiel, que es poeta celebrado en estas latitudes. Repetía en la librería Enclave de Libros, ya estuvo en marzo a presentar El nadador, su poemario anterior. Vino en esta ocasión a ofrecer Manaciones, su libro de Amargord en la colección .C que dirige Cecilia Quílez. Manaciones se compone de dos partes Pathos e Informe sobre la belleza, esta última, dijeron, es reescritura de textos anteriores recuperados. Anunció el poeta que escribe por trilogías editoras y que volverá a editar Manaciones junto a otros dos  próximos textos. Y que llamará Bendito a este nuevo proyecto. Es poeta, pues, que vuelve sobre su obra, como se dice de JRJ. Que no olvida. Obra en marcha que decía el de Moguer. Lo presentó Luis Luna, dijo que a Miguel Ángel le gusta enterrar las palabras para luego verlas crecer, que su escribir es arcilla maleable, y volvió a recordarnos su  tendencia al poema inconcluso. Más que al fragmento, al apunte. No se engaña ni nos engaña, sus textos se agotan cuando se agota el manantial que los genera. No hay más estiramiento ni artificio. Digamos que el autor ya no es el remiso lector que era, que ya no huye de la lectura pública. Escuchándole pudimos percibir en sus poemas el dominio del negro como color que agudiza sus intenciones. Cumple en él la misma función que el amarillo en Gamoneda. A veces pozo a donde encaminarse, a veces puerta por donde escapar. El libro tiene una cualidad novedosa: aunque no está pensado para edición francesa, toda la segunda parte ha sido vertida al francés por la poeta Carole Gabriele, con quien alternó la lectura de poemas en ambas lenguas.     

Foto: Javier Astasio


       El jueves cinco, con la tramontana soplando a pleno abismo, encontramos refugio en la Librería Alberti, la que ha convertido su pequeño escondite en ara de novedades. Hasta allí trajo la hispalense Vandalia Poemas para leer en un centro comercial, el nuevo libro de Joaquín Pérez Azaústre., uno de nuestros ocho autores cardinales. Se advirtió del libro que su origen data de hace unos diez años, de cuando El jersey rojo (2006), y que sus poemas, generosos ellos, fueron cediendo sitio a otras inquietudes hasta que el autor ha decidido ejecutar su hora. Es un libro largo que atiende a diversas provocaciones. De él dijo su presentador Jacobo Llano, y dijo bien, que dentro del ejército de máscaras que es un poeta, algo que se agudiza en tan larga gestación, el libro mantiene una extraña unidad en torno a un desencanto combativo, a una celebración escéptica. Sus poemas nos hablan de las dificultades externas, y de la voluntad reflexiva. Que un tono elegíaco tensa toda su dicción poética. No lo negó Joaquín cuando tomó la palabra sino que lo subrayó. Como declaró lo evidente: su pasión por los mitos cinematográficos, de los que bebe con frecuencia: Gilda, El padrino, Paul Newman, El graduado, que junto a las anotaciones de la cotidianeidad vital y/o lectora forman el grueso de la entrega. Vino desde Argel -a donde regresaba presto- para acompañar la edición del libro. Y tuvo tiempo para dejar en el aire el poema que ofrecemos. En donde lectura, cine, desencanto y Stefan Zweig traman el recorrido. 

PETRÓPOLIS

                       La tolerancia no era vista, como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética.

                                          Stefan Zweig
                                              El mundo de ayer

En esta habitación de hotel no soy un hombre,
ni soy un hombre más, ni un único hombre,
ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,
que ya sabe que ha muerto,
que ya ha planeado exacta la liturgia
que añadirá hasta el fin de las horas contadas
y las pocas palabras que aún podrá escribir. 

No serán más que éstas:

                                   Yo transcribí del sol
al lenguaje más vivo de todos los idiomas,
y crucé el continente en la calima
del fuego incandescente, su griterío en domingo,
la música de orquesta resonando
al volver de la tarde por el campo de Viena.

Yo acaricié en silencio la voz de Cicerón
y salvé su cabeza de los pies del senado,
y vi resucitar a Händel en Irlanda
con robustez titánica al Mesías,
y pude leer a tientas, en esa oscuridad
mecida un canto benévolo y tardío
la Elegía de Marienbad de Goethe.

Era el mundo de ayer, ése era el mundo
que pudo ver nacer La Marsellesa
tras tres horas geniales de una vida invisible,
en la estela fulgente del viejo Dostoievski
vivo como un león tras vencer al cadalso,
suave como el viento en la tumba de Tolstói.

La flor del balneario, las noches espectrales
de una mansión nodriza con todos mis amigos,
pabellón de reposo del palacio de invierno.

Ahora estoy aquí solo, en esta habitación
y no tengo ni rumbo, ni unas señas posibles,
ni tampoco una carta de alguien que me espere.

Los campos de exterminio no son ningún secreto,
ni la estrella amarilla cosida a la chaqueta
ni el expolio terrible de la casa de todos.

Ya no me queda tierra, ni barrio, ni ciudad.

No soy un hombre joven, y en esta habitación
morir al menos es un acto de conciencia.

He desaparecido. Ya no tengo ni nombre
y mis libros se queman, son el carbón del cielo.

No tengo identidad. No tengo rostro
ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig
y que una vez amé la ceniza de Europa.


jueves, 5 de octubre de 2017

Un poema de Eugénio de Andrade: Coração habitado

      

      Dice su traductor, Miguel Losada, que lo blanco viene a ser el componente esencial de su poesía. Un estado primigenio de inocencia. Un muro de cal levantado con palabras. Una señal de transparencia. Por eso ha titulado  Blancura a su selección de poemas de Eugénio de Andrade que ha publicado Polibea en la colección Orlando. Lleva razón. Jamás se desprendió el portugués de esa luz de infancia que siempre lo acompañó. El esplendor del blanco para hablar desde la intimidad del misterio.  Blanco y misterio, concreción y sospecha como senderos vitales. Eugenio es poeta de tiempo amplio, poeta para lectura sostenida. Nacida de nubes de espiritualidad, despojamiento y rebeldía, la sencillez profunda de su hacer es lluvia pequeña. Voz que termina inquietando hondo. Penetrándote. La obra de Eugénio es una habitación de claridades, un sur de geranios en donde residir. Pocos temas importan, y para ellos las palabras justas. Lejos unas de otras para que pueda, por las rendijas, orearlas el viento, pero al tiempo tan cerca otras de unas, que el viento sólo pase cuando se torne brisa. 
      Traducido, por Ángel Crespo, su amigo, en 1981, el conocimiento de la obra del solitario Eugénio de Andrade no ha hecho sino crecer entre nosotros. En 2004 apareció en Pre-Textos una antología amplia, hija de la edición de sus obras completas en portugués, llevada a cabo por Ángel Campos Pámpano. Cabe señalar el respeto de esta traducción de Miguel Losada, en donde apenas se aprecia la mano gestora. Los poemas aparecen limpios y capaces. Guarda el aliento del portugués original y lo aventa.     

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CORAÇÃO HABITADO

Aqui estão as mãos.
São os mais belos sinais da terra.
Os anjos nascem aqui:
frescos, matinais, quase de orvalho,
de coração alegre e povoado.

Ponho nelas a minha boca,
respiro o sangue, o seu rumor branco,
aqueço-as por dentro, abandonadas
nas minhas, as pequenas mãos do mundo.

Alguns pensam que são as mãos de deus
—eu sei que são as mãos de um homem,
trémulas barcaças onde a água,
a tristeza e as quatro estaçôes
penetram, indiferentemente.

Não lhes toquem: são amor e bondade.
Mais ainda: cheiram a madressilva.
São o primeiro homem, a primeira mulher.
E amanhece.


CORAZÓN HABITADO

Aquí están las manos.
Son los signos más bellos de la tierra.
Los ángeles nacen aquí:
frescos, matinales, casi de lluvia fina,
de corazón alegre y habitado.

Pongo en ellas mi boca,
respiro la sangre, su rumor blanco,
las caliento por dentro, abandonadas
en las mías, las pequeñas manos del mundo.

Algunos piensan que son las manos de dios
—yo sé que son las manos de un hombre,
trémulas barcazas en donde el agua,
la tristeza y las cuatro estaciones
penetran, indiferentemente.

No las toquen: son amor y bondad.
Más aún: huelen a madreselva.
Son el primer hombre, la primera mujer.
Y amanece.

lunes, 2 de octubre de 2017

Consejo de redacción: Café Gijón

Pedro A. González Moreno
(Tomado de El País)



      El Jefe vive en lo obvio, de lo obvio. Sigue en Torrevieja, atento a las escaramuzas de la guerra del norte. Ayer tarde hubo video-conferencia. Comenzó con algo parecido a esto:  Decía Ángel Crespo que toda buena literatura debe estar impregnada de poesía, y no al contrario. Polémica antigua, muy antigua, esa de si la poesía participa de la literatura o la sobrevuela. Cansa.  En la práctica hay poetas que dedican su tiempo ¿libre? a hacer literatura, eso es cierto. Un cambio de devoción. A veces lo dedican a la crítica, otras a la novela. En otras amalgaman. Dicen que no hay géneros, que lo mestizo es más verdad que las fronteras. Y cierto es que este territorio de las letras todavía no las tiene. Levanta la mano el botones: Yo he visto poemas hechos drama en un escenario. Y funcionan. El jefe: Bien volvamos al tema. Si existe un afán crematístico o no, o si son las urgencias creativas las que animan tal barajeo, es lo de menos. Pueden ser también las ganas de salir de lo mullido. O la voluntad exploradora. Sin descartar el contagio por celo del prójimo. De todo vive el Señor, y por todo pasa. En fin, que hay poetas puros (en la monotonía de su ejercicio) y hay poetas mixtos en sus afanes. Y eso es bueno. Lo que no es habitual, entre los últimos, es que mantengan el mismo nivel de calidad en sus distintas manualidades públicas. Los testigos de estas variaciones suelen disentir sobre en qué paisaje: poesía, narrativa, teatro o crítica, logran su nivel de excelencia, cuáles son sus debilidades y cuáles sus fortalezas (por decirlo con la jerga actual). Aquí levantó la mano y el gesto la becaria, más callada este año que de costumbre. Jefe, eso lo saben hasta las vascas y los vascos de pecho, aquí nos interesa el morbo de los nombres, la comidilla ¿nos puede iluminar con ejemplos de unos y otros? Este tema da para mucho. Breve descanso. No está el patio para jaleos nuevos, piensen en Umbral, piensen en Gala, que yo con lo que tengo encima – prosiguió el Jefe– no caeré en trampas de poner propios actuales a esos otros que ustedes saben o suponen. Sólo diré que, en las cercanías que nos atañen, existen unos como Joaquín Pérez Azaústre o Pedro A. González Moreno, este último reciente ganador del premio Café Gijón de novela, con los cuales es fácil distinguir su poesía y/o su literatura de la literhartura.  Y apagó el plasma.       
     

jueves, 28 de septiembre de 2017

Un poema de Eduardo Merino: Qué hago yo.

    
  
    No reside en lo abstracto, necesita el mundo físico y los alrededores del abrazo. Sentir. Necesita que algo ocurra, aunque sea leve: un aire tímido que regresa y recuerda, el olor a cariño que perdura en ropa ajena, una palabra que suave le toque el hombro, una brasa pequeña que se olvida del fuego por hablarle. O un sitio en donde la esperanza de la felicidad alguna vez se hizo anunciación para ya no marcharse. Es buen lector, buen amante del libro, de los libros, ama explicarse con ellos y por ellos. Le mantienen. Es furioso lector de poetas que escriben carnoso, que se dejan palpar, de Félix Grande, de Joan Margarit, de José Luis Morales, por ejemplo. Es Eduardo Merino. Madrileño de Cazalla de la Sierra y poeta. Vive viendo brotar su obra, acequia ya en plenitudes. Este verano se ha (y nos ha) deparado una excelente sorpresa. Muy suya. Al hilo de una sensación de consuelo, tan necesaria, y que desea aventar, ha hecho imprimir un cuaderno de poemas que titula Casa prestada. Casa cierta en los montes de Huelva. Frescor para el estío. Agua árabe y sanadora. Sosiego de la tarde, compañía. Libros donde buscar. La luz sobre el amanecer del huerto. Un papel cerca.

Del cuaderno Casa prestada, este poema


Qué hago yo

(En El Castaño, leyendo a Jacobo Cortines)


Te agradezco lo dicho y que me cedas
la palabra que tomo entre temblores
de no saber usarla.
                                           Jacobo Cortines


Qué hago yo en esta tarde
tibia de agosto que agota sus horas
en un patio tranquilo y fresco
rodeado del aire de la sierra
leyendo los poemas y las notas
al margen de un poeta
naturalista y pasional.
Por qué no miro yo mismo las hojas
de la parra o el limón aún verde
la alberca que derrama por su caño
el agua fría en una huerta
que alberga mi consuelo.
Los propios cerros que rodean
con alma mi paisaje.

Qué hago nutriéndome de las palabras
tan bellas y precisas
que me cede el poeta
en lugar de levantar mi mirada
y simplemente observar lo que pasa
que todo pasa y apenas pasa nada
en esta casa prestada que habita
mis días de verano.
Y escuchar simplemente lo que se oye
que todo se oye y nada se oye.
Que la golondrina pasa y no pasa
y que la abeja está y no está
pero su zumbido es como el susurro
inesperado del silencio.

El poeta contagia sin embargo
su mirada profunda
y su propio paisaje.
Su voz encendida y sus nieblas.
Confundo sus recuerdos con los míos
y sus montes se tiñen del reflejo
enrojecido de mi cielo.
El pájaro que canta
en su verso no es el que yo oigo
pero acaso es el mismo.

Como acaso el mismo es este crepúsculo
que va oscureciendo la luz
de sus palabras y alejando así
también el nombre de las cosas
que cruzan mi horizonte.

Sin muros ni fronteras
los versos se entremezclan
rotundos con mi historia.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Se abre temporada. Tres preguntas

    


Salir en búsqueda de la poesía oral ha sido algo habitual en esta casa. Razón de existencia.  Cuestión que ha conducido hasta las brasas a más de un redactor. Nunca confiesan motivos. Si por aburrimiento, si por agotamiento. Pero casi todos terminan cerrando el ordenador con furia, recogiendo soldada y efectos personales y dando un portazo por sello de despedida. Mas, así están las cosas, siempre acude, y firma jornada reducida, algún novato sin brújula. Con voluntad, pero sin convencimiento. Pocas semanas después, se sorprende de hablar solo, continúa por pedir consejo a la becaria (que le convence, aunque poco) y termina yoga sentado en una esquina de la redacción: postura del escriba primero y del sauce después. Cuando le acude el silencio metafísico todos sabemos y respetamos. El jefe ha decidido no suspender la sección, pero si reducir su periodicidad y amplitud. No es por misericordia, sino por exigencia del departamento de riesgos laborales. Hay acuerdo pactado en ello. Y lo dice la ley.¿La ley?


Lunes / 18 / Juana Vázquez

    Confesó la volubilidad de sus criterios, su indecisión para lo propio. Que los poemas que conforman La espiga y el viento, su antología de autor, son los que son, pero bien podrían ser otros. Que los eligió entre la maleza de una selva de dudas. Y lo volvió a hacer. Queremos decir que Juana Vázquez Marín la volvió a presentar, esta vez en la librería Alberti, lunes y 18. Con ella debutamos. Hubo primero palabras sencillas, sabias, solícitas y contundentes de Rafael Soler, que dejaron con delicadeza a Juana dispuesta y sola ante su libro reciente. Ya hizo lectura de estos poemas en la tertulia Montesinos, primera presentación, pero ahora estuvo más en sosiego. A Javier Lostalé, allí presente, le gusta de ellos ese aparente prosaísmo, cuya sombra logra ser modulada o alejada por un giro de muñeca lírico. Sobre todo, asegura Lostalé, en los poemas de amor. Juana, condenada a ser poeta, lo es de una poesía con tono confesional, escribe como vive y vive cuanto escribe. El viento y la espiga, la vida y el cuerpo, ese baile de deseos que tan bien interpreta. El libro ha sido editado por Ars Poética, un vendaval de novedades que dirige Ilia Galán, quien con cierto retraso hizo presencia. Buen ambiente, buenos amigos, buenos lectores de la poeta, que, en el barrido cronológico que fue su lectura, la oyeron detenerse en Tiempo de caramelos, libro de su angustia, libro donde relata una infancia desolada por circunstancias socio-políticas, libro que sigue preocupándole, según nos dijo. Sonaron entonces palabras de consuelo, palabras que le hablaron de sanación, de valentía. Ese libro parece ser su espina. ¿Quién no tiene?


Sábado / 22 / Rafael Escobar


    Tienen  los libros de Tigres de Papel sus portadas color membrillo, esa fruta melancólica y ácida a un tiempo. Otoñal de temporada. Abren el curso los Tigres con poeta de enorme personalidad, de intenso mundo propio, mundo de cuidada introspección y culto desasosiego. Abren temporada con el conquense Rafael Escobar. Profundo y tímido, el poeta suele llegar azorado a estos eventos. El viernes 22 volvió a suceder. Vino con él, para compartir presentación, Miguel Ángel Rubio, extraordinario conocedor de la obra de Rafael. Es persona de esplendente capacidad verbal, gran dominador del vocabulario crítico, decidido analista y experto en ilustrar con imágenes su discurso. Lo demostró. Ayudó en la lectura de poemas. Rafa Escobar es poeta como pocos, capaz de filtrar las emociones que atraviesan la piel: aquellas que desde los adentros buscan ser voceadas, y aquellas que desde lo ajeno acuden a ovarnos el vientre. Circuitos osmóticos les llamó Miguel Ángel.
Sujetos por un decir subordinado, los poemas, las respiraciones de Rafael, vuelan sin descanso desde la exhalación de la conciencia a la búsqueda del lector. Pero hay en los actuales menos justificaciones que en los anteriores. El poeta sabe que los ojos que miran ya conocen la clave, las obsesiones con que dicta su intimidad. O sus tentaciones morales. Y confía en una lectura cómplice de sus confesiones. Hay por ello más serenidad en el trazo. Y menor urgencia. La decisión de ser sólo, ante un mundo en donde su persona actúa como interrogador y como interrogado, se hizo evidente en el poema que habla de la muerte de los padres, escudos necesarios, y en la ironía del que recuerda la especificidad de los “solteros”. Dijo, y es cierto, que Sino a quien conmigo va, tal el título porque tal es su intención cuando escribe, contiene la novedad de textos de tono celebrativo. Leyó alguno. Señaló también sus deudas con lecturas de poetas que por circunstancias han resultado provocaciones escribidoras. Asuntos todos perceptibles en un acto que había sido preparado en exceso, lo que restó cierta espontaneidad a su desarrollo. Todo venía escrito y era demasía. Hubo que apresurarse. ¿Qué mejoran las prisas?  

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EL DÍA DE FIESTA
      
           (Con Giacomo Leopardi)


Demandan tu alegría,
llevan a tu puerta los ramos del sol nuevo en 
                                                                              [mayo,
los cantos sencillos de los templos,
y tú te los echas ávido a los ojos,
convencido del triunfo alto de su ser,
feliz en el esfuerzo limpio de tu desmemoria;
por un día aceptarás la vida que aún ofrenda su vuelo,
te darás al vigor de su pujanza
como si no supieras que la muerte mordió los frutos
y el amor se voló a su hueco de sombra;
por un día te sabrás promesa de hoy,
venderás tu inocencia por los trigales como una joven
que codicia el peso violento de un cuerpo
donde aprende el duelo de morir por su contrario;
hoy serás también mano entregada,
aunarás la voz en un salmo de comunión de todos
y  en ti se encarnará entre prodigios la sabiduría
que revela la felicidad como la fuga de un don,
un sueño breve de raíz de agua,
una semilla sin pan ni aliento en su mañana
cuyo nombre es la belleza que no se puede poseer. 
  

viernes, 22 de septiembre de 2017

Hoy (variación)






En una servilleta de papel,
entre las páginas
tal vez ochenta seis
y ochenta y siete
de un libro de Juan Gelman,
hay un trozo de bar 
y otro de cielo
del pueblo mío, de la piedra
que labraron mis padres

y apresadas y prietas
tres palabras que escondo,
porque olviden
el desorden y el hambre,
el veneno preciso
del país donde entierran cuanto amo.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Un poema de Santos Domínguez Ramos: Memoria herida y compás de Manolito de María

     


Hondo en su
inquietud, Santos Domínguez Ramos es cacereño y poeta. Amador de lo édito. Lector sin fatiga. Posee la enorme delicadeza de dejar constancia pública de sus lecturas. En sus blogs hay noticias, reseñas, críticas de cuanto le interesa, de cuanto desea compartir. Que es mucho. A veces abruma pensarle en el afán. Santos es un lugar donde acudir. Por el rigor, por el saber, por el acierto. Aljibe en donde miles sacian, saciamos, para estar al momento de novedades editoriales. Entregas que suelen aparecer en sus blogs antes que en las estanterías. Cacereño y poeta. Porque tras ese vendaval hacia lo externo, existe un poeta denso y sugerente. Un poeta que no se esconde tras el runrún de las publicaciones. Su poesía ha sido valorada, apreciada, en diversos certámenes: Manuel Alcántara, Ciudad de Badajoz, Juan Ramón Jiménez, entre tantos. Hace unos años los sevillanos de La Isla de Siltolá editaron La vida navegable una amplia antología de su obra. Es dueño del color en las palabras, sabe, y cómo, de la sonoridad de la lengua. Cualidad esta que se ahorma en el mimo y el rigor con los que construye. Conjunción que consigue hacer a sus poemas reconocibles y que reconozcamos la voz que los levanta. Poemas que se resuelven como espirales de águila sobre amplias consideraciones existenciales. Rodeando el enigma, en busca siempre del centro del conflicto. Miradas ciertas en un temblor de Naturaleza y Hombre al fondo. En escasas ocasiones se detienen en la anécdota, en la provocación inmediata. Aunque también. Como en este caso –de Principio de incertidumbre, premio Ciega de Manzanares– en que el recuerdo de algo auténtico, de la voz de un cantaor, hace surgir la surgir la suya. Tierna y pedernal.        

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Memoria herida y compás de Manolito de María

De la cueva profunda,
del encalado fondo de la cueva,
se alza a compás su voz menesterosa
con un torrente antiguo y subterráneo
que brota de la roca del castillo del Águila.

Y en la venta Platilla se afana humilde y llama
al fondo de sí mismo
y entona con un hondo compás atropellado
la soleá cabal, la seguiriya grave,
la bulería pausada y luminosa.

En los tercios que canta
–canta porque se acuerda–
respiran las edades pesarosas del hombre
y laten como laten los perros vagabundos
la historia desolada de la calamidad
y un mensaje extraño de dolor y alegría.

Oscura como el fondo de la cueva,
clara como su cante combustible,
vibra allí la memoria herida de la raza
–las fatiguitas negras, el desamparo, el hambre–
con un compás herido de fiesta y amargura.

De su voz desdentada
brota una antigua luz inextinguible
y en su hondo pellizco analfabeto
hay un temblor de sangre antepasada,
la memoria indigente de la especie.

Llama negra en la noche inhóspita del mundo,
rescoldo en la intemperie de las flores del fuego,
herencia de palabras de los desheredados.

No lo sabía y cantaba
el tizón del estrago,
la manera de ser de la desgracia
con esa contención delgada y seria
que no se aprende, que es
el mapa doloroso de sus venas antiguas
–Joaquín el de la Paula, Macandé, Juan Talega.

Porque eso no se aprende, eso se nace
–le decía a Mairena–

con él, primo, en la sangre.