martes, 14 de noviembre de 2017

Un poema de Fernando Fiestas: Jaisalmer según el poeta Maharawal Bathi

 
      A veces suceden cosas. Mientras, lunes y 13, bullían las calles, las filas de quienes esperaban entrar en el Círculo de Bellas Artes, mientras afinaban sus cuerdas Ana Belén y Miguel Poveda, mientras se colmaban las butacas de la sala Fernando de Rojas con el corre-corre de las grandes convocatorias, mientras Fernando Beltrán repasaba un texto en maravilla –círculo de bellas autes, dijo– y LA de Villena se prometía no ser por un vez pesado, mientras todo respiraba ansiedad y espera, mientras Maxi Rey instalaba la avidez de su cámara –eterno trípode cojo–, mientras la poesía esperaba su gran fiesta alrededor del nombre de Luis Eduardo Aute y la farándula aprovechaba su Toda la poesía (Espasa, 2017) para verse y elevar a coro que le queremos, que le querremos, mientras todo esto sucedía, un poeta, también pintor, estaba a solas con su nuevo libro en la primera planta de la exCasa de Fieras. Retiro, ya saben. Fernando Fiestas presentaba, leía, a un selecto grupo de amigos fieles Palabras para otras voces (Lastura, 2017). 
Allí estuvimos, escuchando la seriedad de una propuesta que Fermín Fernández Belloso supo recorrer y contarnos con esmero capaz. Tanto la editora, Lidia López Miguel, como el propio autor señalaron que esta entrega es el inicio de un libro abierto al futuro, a su crecer. Obra en marcha. Son poemas que buscan anclaje en instantes de otras épocas, en la posibilidad de la ucronía. Bordean con decisión los senderos del abismo histórico y son manifiestos de presente. Poesía meditativa y poco complaciente. De serena factura.
Mientras Ana Bella López Biedma interpretaba junto a Fernando, en el Círculo, Cristina Narea junto a Luis Mendo seguían cantando a Aute, a quien también tanto y tan bien necesitamos.resaltar.

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Jaisalmer según el poeta Maharawal Bathi

A la arcilla volvemos
en su contemplación
por cómo los sentidos
nos desorientan,
por cómo los lugares son más amplios
en tiempos de sequía,
con un sol que dibuja los perfiles.

Hace tantas semanas
que no llueve
que el mar tiene el color de las derrotas.

En la hora de las preguntas inservibles,
basta que crezcan brazos como ríos
y le efigie del héroe no cambie de sonrisa
para que las demás estatuas
sigan con la mirada su trayecto,
lo que late en los templos
de azafrán
y nos protege.

Lo demás es el cierre de los párpados
porque no somos ruido,
ni siquiera ese fondo
de las alfombras
para las gruesas lágrimas de los dioses.

Natural es tener dos mil cabezas
y un solo rasgo
inquebrantable,
apenas una sílaba
para que nada evite
nuestro paso
ni las corrientes del aire.

A la orilla volvemos
en la hora de las preguntas inservibles.

Apenas el desdoble
de nuestro rastro,
por cómo los sentidos
nos desorientan.

Los verdes son el salto inesperado
rompiendo lo baldío,
los rojos ennoblecen,
el azul es la luz del sueño,
los naranjas, bostezos
sobre las celosías del palacio.

¿De qué sirve esperar desde el origen
para reproducir sus imágenes?

Siempre hay algo inclinado
que interrumpe el descanso de la lejanía,
con forma de versículo.

Las voces,
los ojos moribundos de los peces,
la sed con rostro humano. 

Siempre hay algo
de desventura
en los sueños de los monarcas,
porque todos los grandes edificios
se construyen después de despertarnos.


En 1205 d.C.
y lejos de cualquier calendario redondo.   

domingo, 5 de noviembre de 2017

Repente con Antonio Cabrera




Recuerdo cómo Antonio
Cabrera nos contaba de una noche
fría de amigos rodeando
el fuego del otoño, un campo abierto
y las llamas que apenas sostenían en columnas lo oscuro

las aves
dormían en las ramas de callados poemas,
solamente las copas
de cava –decía Antonio–
eran místico vuelo  por las manos, 
hablaban
los ojos con los ojos, con el mundo, 
y beber entre risas y tan cerca 
unos de otros
les hacía felices a lo biedma, era voluptuoso
sentir calor, sentirse
sin peso, sin un cuerpo, en mitad de las sombras
y entre hermanos

recuerdo algún apunte sobre
respiraciones consentidas, anotadas, 
del gozo en himno, 
de la necesidad,
como si aquel instante debiera ser guardado para luego,
para, por si
algún azar inesperado o un arma como una
larga hebra
pudiera acontecer y nos atara
sin pedirnos perdón y para siempre

hoy
noviembre de este
año indócil 17, y tras la desventura,
he vuelto con Antonio hasta esa noche…
he leído
en la página fértil de un diario
entero aquel poema del que sólo
el aroma recuerdo, 
y os invito.


(Tras leer el reportaje de Antonio Lucas sobre el poeta valenciano Antonio Cabrera, interno en el pabellón de tetrapléjicos de Toledo. El Mundo, 5/11/2017)

jueves, 2 de noviembre de 2017

Mujeres y un poema



      Caminamos por territorio fem. También en poesía. Buena la armó chusvisor.  Las que habitan este paisaje ut supra se conocen entre sí como genias. Y no por otra cosa pretenciosa sino por el nombre de su asociación: Genialogías. Nombre que ampara en lazo a un centenar de mujeres poetas españolas dispuestas a defender. Se reúnen para saber y saberse. El viernes 27 lo hicieron en Función Lenguaje con motivo de celebrar la nueva edición –por Tigres de Papel– de textos de Julia Uceda y Francisca Aguirre. Paca asistió. Desde su Salamanca, acudió Mª Ángeles Pérez López para hablar sobre ellas, y en general sobre mujer y poesía. Esta foto de FB, donde abundan lectoras de Mientras la luz, da testimonio.

Foto de MCBarri

     El sábado 28 fue en Sigüenza, la villa en alameda y piedra de La Alcarria. Mª Antonia Velasco, familiarmente Toya Velasco, quiso acudir a su tierra cuna para presentar La cabeza y un zapato, libro que obtuvo la pasada edición el premio Blas de Otero. Lo presentó José Luis Morales, extrañado y contento por la tardía incorporación de la escritora al territorio lírico. Destacó la capacidad surrealista de su lenguaje. Acero dúctil que trasmite la emoción en pureza. Leyó, dulce y salvaje, Soledad Serrano poemas del libro ante la atenta vigilia de EGT.  Tenaces, los asistentes lograron que la autora leyera algunos de los textos, ella es reacia a esos haceres, pero transigió. Y sonreía feliz. El enorme muro de piedra que cerraba el recinto parecía escuchar.

Foto de VázquezPrada

      Tensa parecía la iluminación posmoderna de El Comercial el lunes 30, recinto que reserva los lunes para actos literarios. Presentaba Ana Montojo, poeta de edición tardía, su quinto libro. Lo publica con su asociación, Escritores en Red, y lo ha titulado Las horas contadas. Sala apretada de público fiel. Presentación prodigio de Valentín Martín, autor también del prólogo y de Carmen Fabre, responsable de edición. La lectura de poemas, según han declarado testigos, tuvo su densidad acentuada. Añadiendo que a la sensación de pérdida que supura toda la obra de Ana Montojo se unía en esta ocasión el dolor de lo concreto, del cuerpo, amado un tiempo, al que ella estuvo –próxima y necesaria– contando, cuidando, una a una las horas últimas. De ahí el poema que ofrecemos.       

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LOS VAQUEROS
                  
                   Solo me juzgo por lo que siento, 
                   no por lo que razono. 
                                        (Montaigne)

Recuerdo aquel verano -el del sesenta y cinco-
cuando eras aquel chico tan guapo que cantaba,
al que mejor sentaban los vaqueros.
Tú eras el capricho de las nenas,
el terror de los novios,
el sueño húmedo de suegras potenciales,
y yo apenas entraba en una adolescencia
boba y muerta de miedo, sin conciencia de mí
ni de que yo pudiera valer algo.

No sé por qué demonios te fijaste
en esa chica tímida
de la pandilla de los más pequeños,
el caso es que cualquier posible contrincante
regresó a sus cuarteles y replegó sus fuerzas
ante un rival con semejante historia.
Me dejaron inerme, teniendo que lidiar 
contra todas tus armas.
Dieciséis años contaba por entonces.

No hace falta que cuente lo que vino después
-largo noviazgo de pecados tristes,
muchas visitas al confesonario,
lunas llenas de cuernos,
propósito de enmienda,
dolor de corazón y al fin la boda
con el tul ilusión hecho jirones.

Cuatro hijos contando al que se fue
-revisando las fotos me preguntas
qué niño es cada uno de esos niños
que nos sonríen desde la memoria-,
el oscuro enemigo que se instaló en tu mente
hasta echarme de casa. Y los papeles rotos.

Muchos años perdida en espejismos
queriéndome morir más de mil veces,
pasiones desbordadas y un futuro imperfecto
por no saber cortar el hilo de la culpa
porque estabas ahí, tú siempre estabas,
tú y tu inmisericorde soledad,
la que todas las noches dormía a mi costado.

Pero ya no es cuestión
de andar pidiendo cuentas a la vida.
Ahora que ya no eres
ese chico tan guapo y los vaqueros
no te sientan tan bien, sabrás que existe
otra forma de amar
que no entiende de orgasmos,
que no va a derretirse entre gemidos,
pero que hoy, precisamente ahora
no va a dejarte solo.

viernes, 27 de octubre de 2017

Poema: El zapato adjetivo



zpatoizqu
ierdozpat

zptoizqui
sumisozi

izquierdo
zptosumi

zptoizqui
Nunca sé si olvidado o escondido,
sumiso o desertor, ese
zapato izquierdo y solo,
fatigado adjetivo sin carisma,
al que hace un mes vigilo ¿y alimento?
debajo de una cama,
parece cuervo herido
y asustado

vive preso
entre el muro y la más última pata

que su pareja huyó, parece obvio,
aunque jamás le escucho lamentarse
con palabras de tango,
sé que sabe
que ha mucho le robé
la parva intimidad de su secreto,
que conozco su pena.

Él mantiene su reto, y yo
siempre que paso
cerca de su distancia le susurro:
el otro ha muerto, murió lo sustantivo,
que tanto acompañaste:
valor, vuelve a la vida

tan terco en su refugio
o tan inerte,
prefiere no atender,
prefiere no acudir a mi reclamo,
debe sentirse allá,
allá en su fondo y solo,
seguro en el desahucio

¿sabrá que yo,
transido de creencias
o dolencias,
no puedo arrodillarme?

domingo, 22 de octubre de 2017

Un poema de Tomás Rivero: Publica pájaros

  Foto de Mara Troublant

      El viernes y 21 vino desde Galicia Tomás Rivero, oficio de librero en Lugo. Y extremeño de origen, humilde y vocación. Poeta a solas durante mucho tiempo. Dijo que, alejado del ruido poetical, siempre soñó con que alguien lo descubriera. Al final ha optado por dejarse descubrir, eso parece. Le oí leer, náufrago en Cuenca y en el noviembre pasado, textos de su primer libro, Cámara de humos, que compré.  Ayer hice lo mismo con su De un libro que no pienso escribir nunca que le han editado en Tigres de Papel: le oí recitar y compré su libro. Confieso, y confiesen conmigo, que pocas veces nos ocurre algo similar en el transcurso de 12 meses naturales. Explicó que el libro anterior y este nacen del acopio de tantos años guardando lo escrito contra la vida y a favor de ella, y que con él da por cerrada una etapa para ¿abrir otra? Contó de su infancia. Contó de una casa cantora y corchera. Contó de cómo fue el libro de poemas que su madre dejó junto a un lebrillo de perrunillas –que devoraba– lo que le llevó a la pasión. Ha tardado mucho en publicar, cada vez hay más poetas de publicación tardía, pero parece resuelto a quedarse (a pesar del poema mandato que ofrecemos). Lució camisa blanca en su diálogo con Paco Moral. Impecable. Igual que el libro luce un prólogo de Miguel A. Curiel, vecino y amigo.


Publica pájaros   

No publiques libros.
Publica pájaros.
No escribas versos,
escribe vuelo, pluma.
No busques la llave,
encuentra la jaula
y quédate dentro
lamiendo la fría cerradura.
Que el poema te abra
y el viento te arrastre.
No publiques libros,
publica lagartos, puestas de sol,
flores encendidas,
músicas que te traen recuerdos
de paisajes y cuerpos deseados,
fotos de cuando eras joven,
para que todos vean
que tu rostro de catre
presagiaba un futuro
de páginas emborronadas.
Pública pájaros contra el azul del cielo.

jueves, 12 de octubre de 2017

Un poema de El oficio del hombre que respira


  
Porque vivir es esto,
un viaje sin excusa,
un reto de distancias, nunca quise
ser transeúnte roto en sus caminos.

Sabedor de sus túneles y alfombras,
de sus bifurcaciones,
de sus tretas gordianas, de que nunca decreta
cárcel para los buitres ni da salvoconductos,
hice largo el trayecto, pero rumor mis pasos.

De cada recorrido guardo
el polvo de la marcha,
el sol con que se guían los audaces
y la plata encendida de las cumbres,         
no recelo
de veranos con nieve,
de crepúsculos pálidos,
de posadas con voces clandestinas, sigo
poniendo nombres
al fracaso de algún ayer intruso,
a las aves y encinas que me cruzan,
a los patios del sueño,
y escribo, si me deja, de sus provocaciones,
de sus enemistades,
del amor junto a los acantilados.

Aún espero a Borges
en las noches de tregua y estrelladas,
no pregunto a quien pasa,
no respondo.
  

lunes, 9 de octubre de 2017

De poetas viajeros: Soler, Azaústre, Curiel


Soler en NY / Foto: Marianela Medrano

   



   Al tiempo que un poeta tan cercano a todos como Rafael Soler abandona su predio más querido de la Glorieta de Bilbao, de El Comercial, para irse a leer a Nueva York, llegan a Madrid poetas de residencia lejana para acercarnos sus novedades. Vientos que mudan y transportan. La poesía es un pájaro ciego que teme de los lugares sellados, de las almas repetidas, de los límites. 




Foto: MC Barri
       Se anunciaba recia la tramontana. Era septiembre, 29 y viernes. Desde Lugo (o así) acudió Miguel Ángel Curiel, que es poeta celebrado en estas latitudes. Repetía en la librería Enclave de Libros, ya estuvo en marzo a presentar El nadador, su poemario anterior. Vino en esta ocasión a ofrecer Manaciones, su libro de Amargord en la colección .C que dirige Cecilia Quílez. Manaciones se compone de dos partes Pathos e Informe sobre la belleza, esta última, dijeron, es reescritura de textos anteriores recuperados. Anunció el poeta que escribe por trilogías editoras y que volverá a editar Manaciones junto a otros dos  próximos textos. Y que llamará Bendito a este nuevo proyecto. Es poeta, pues, que vuelve sobre su obra, como se dice de JRJ. Que no olvida. Obra en marcha que decía el de Moguer. Lo presentó Luis Luna, dijo que a Miguel Ángel le gusta enterrar las palabras para luego verlas crecer, que su escribir es arcilla maleable, y volvió a recordarnos su  tendencia al poema inconcluso. Más que al fragmento, al apunte. No se engaña ni nos engaña, sus textos se agotan cuando se agota el manantial que los genera. No hay más estiramiento ni artificio. Digamos que el autor ya no es el remiso lector que era, que ya no huye de la lectura pública. Escuchándole pudimos percibir en sus poemas el dominio del negro como color que agudiza sus intenciones. Cumple en él la misma función que el amarillo en Gamoneda. A veces pozo a donde encaminarse, a veces puerta por donde escapar. El libro tiene una cualidad novedosa: aunque no está pensado para edición francesa, toda la segunda parte ha sido vertida al francés por la poeta Carole Gabriele, con quien alternó la lectura de poemas en ambas lenguas.     

Foto: Javier Astasio


       El jueves cinco, con la tramontana soplando a pleno abismo, encontramos refugio en la Librería Alberti, la que ha convertido su pequeño escondite en ara de novedades. Hasta allí trajo la hispalense Vandalia Poemas para leer en un centro comercial, el nuevo libro de Joaquín Pérez Azaústre., uno de nuestros ocho autores cardinales. Se advirtió del libro que su origen data de hace unos diez años, de cuando El jersey rojo (2006), y que sus poemas, generosos ellos, fueron cediendo sitio a otras inquietudes hasta que el autor ha decidido ejecutar su hora. Es un libro largo que atiende a diversas provocaciones. De él dijo su presentador Jacobo Llano, y dijo bien, que dentro del ejército de máscaras que es un poeta, algo que se agudiza en tan larga gestación, el libro mantiene una extraña unidad en torno a un desencanto combativo, a una celebración escéptica. Sus poemas nos hablan de las dificultades externas, y de la voluntad reflexiva. Que un tono elegíaco tensa toda su dicción poética. No lo negó Joaquín cuando tomó la palabra sino que lo subrayó. Como declaró lo evidente: su pasión por los mitos cinematográficos, de los que bebe con frecuencia: Gilda, El padrino, Paul Newman, El graduado, que junto a las anotaciones de la cotidianeidad vital y/o lectora forman el grueso de la entrega. Vino desde Argel -a donde regresaba presto- para acompañar la edición del libro. Y tuvo tiempo para dejar en el aire el poema que ofrecemos. En donde lectura, cine, desencanto y Stefan Zweig traman el recorrido. 

PETRÓPOLIS

                       La tolerancia no era vista, como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética.

                                          Stefan Zweig
                                              El mundo de ayer

En esta habitación de hotel no soy un hombre,
ni soy un hombre más, ni un único hombre,
ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,
que ya sabe que ha muerto,
que ya ha planeado exacta la liturgia
que añadirá hasta el fin de las horas contadas
y las pocas palabras que aún podrá escribir. 

No serán más que éstas:

                                   Yo transcribí del sol
al lenguaje más vivo de todos los idiomas,
y crucé el continente en la calima
del fuego incandescente, su griterío en domingo,
la música de orquesta resonando
al volver de la tarde por el campo de Viena.

Yo acaricié en silencio la voz de Cicerón
y salvé su cabeza de los pies del senado,
y vi resucitar a Händel en Irlanda
con robustez titánica al Mesías,
y pude leer a tientas, en esa oscuridad
mecida un canto benévolo y tardío
la Elegía de Marienbad de Goethe.

Era el mundo de ayer, ése era el mundo
que pudo ver nacer La Marsellesa
tras tres horas geniales de una vida invisible,
en la estela fulgente del viejo Dostoievski
vivo como un león tras vencer al cadalso,
suave como el viento en la tumba de Tolstói.

La flor del balneario, las noches espectrales
de una mansión nodriza con todos mis amigos,
pabellón de reposo del palacio de invierno.

Ahora estoy aquí solo, en esta habitación
y no tengo ni rumbo, ni unas señas posibles,
ni tampoco una carta de alguien que me espere.

Los campos de exterminio no son ningún secreto,
ni la estrella amarilla cosida a la chaqueta
ni el expolio terrible de la casa de todos.

Ya no me queda tierra, ni barrio, ni ciudad.

No soy un hombre joven, y en esta habitación
morir al menos es un acto de conciencia.

He desaparecido. Ya no tengo ni nombre
y mis libros se queman, son el carbón del cielo.

No tengo identidad. No tengo rostro
ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig
y que una vez amé la ceniza de Europa.


jueves, 5 de octubre de 2017

Un poema de Eugénio de Andrade: Coração habitado

      

      Dice su traductor, Miguel Losada, que lo blanco viene a ser el componente esencial de su poesía. Un estado primigenio de inocencia. Un muro de cal levantado con palabras. Una señal de transparencia. Por eso ha titulado  Blancura a su selección de poemas de Eugénio de Andrade que ha publicado Polibea en la colección Orlando. Lleva razón. Jamás se desprendió el portugués de esa luz de infancia que siempre lo acompañó. El esplendor del blanco para hablar desde la intimidad del misterio.  Blanco y misterio, concreción y sospecha como senderos vitales. Eugenio es poeta de tiempo amplio, poeta para lectura sostenida. Nacida de nubes de espiritualidad, despojamiento y rebeldía, la sencillez profunda de su hacer es lluvia pequeña. Voz que termina inquietando hondo. Penetrándote. La obra de Eugénio es una habitación de claridades, un sur de geranios en donde residir. Pocos temas importan, y para ellos las palabras justas. Lejos unas de otras para que pueda, por las rendijas, orearlas el viento, pero al tiempo tan cerca otras de unas, que el viento sólo pase cuando se torne brisa. 
      Traducido, por Ángel Crespo, su amigo, en 1981, el conocimiento de la obra del solitario Eugénio de Andrade no ha hecho sino crecer entre nosotros. En 2004 apareció en Pre-Textos una antología amplia, hija de la edición de sus obras completas en portugués, llevada a cabo por Ángel Campos Pámpano. Cabe señalar el respeto de esta traducción de Miguel Losada, en donde apenas se aprecia la mano gestora. Los poemas aparecen limpios y capaces. Guarda el aliento del portugués original y lo aventa.     

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CORAÇÃO HABITADO

Aqui estão as mãos.
São os mais belos sinais da terra.
Os anjos nascem aqui:
frescos, matinais, quase de orvalho,
de coração alegre e povoado.

Ponho nelas a minha boca,
respiro o sangue, o seu rumor branco,
aqueço-as por dentro, abandonadas
nas minhas, as pequenas mãos do mundo.

Alguns pensam que são as mãos de deus
—eu sei que são as mãos de um homem,
trémulas barcaças onde a água,
a tristeza e as quatro estaçôes
penetram, indiferentemente.

Não lhes toquem: são amor e bondade.
Mais ainda: cheiram a madressilva.
São o primeiro homem, a primeira mulher.
E amanhece.


CORAZÓN HABITADO

Aquí están las manos.
Son los signos más bellos de la tierra.
Los ángeles nacen aquí:
frescos, matinales, casi de lluvia fina,
de corazón alegre y habitado.

Pongo en ellas mi boca,
respiro la sangre, su rumor blanco,
las caliento por dentro, abandonadas
en las mías, las pequeñas manos del mundo.

Algunos piensan que son las manos de dios
—yo sé que son las manos de un hombre,
trémulas barcazas en donde el agua,
la tristeza y las cuatro estaciones
penetran, indiferentemente.

No las toquen: son amor y bondad.
Más aún: huelen a madreselva.
Son el primer hombre, la primera mujer.
Y amanece.

lunes, 2 de octubre de 2017

Consejo de redacción: Café Gijón

Pedro A. González Moreno
(Tomado de El País)



      El Jefe vive en lo obvio, de lo obvio. Sigue en Torrevieja, atento a las escaramuzas de la guerra del norte. Ayer tarde hubo video-conferencia. Comenzó con algo parecido a esto:  Decía Ángel Crespo que toda buena literatura debe estar impregnada de poesía, y no al contrario. Polémica antigua, muy antigua, esa de si la poesía participa de la literatura o la sobrevuela. Cansa.  En la práctica hay poetas que dedican su tiempo ¿libre? a hacer literatura, eso es cierto. Un cambio de devoción. A veces lo dedican a la crítica, otras a la novela. En otras amalgaman. Dicen que no hay géneros, que lo mestizo es más verdad que las fronteras. Y cierto es que este territorio de las letras todavía no las tiene. Levanta la mano el botones: Yo he visto poemas hechos drama en un escenario. Y funcionan. El jefe: Bien volvamos al tema. Si existe un afán crematístico o no, o si son las urgencias creativas las que animan tal barajeo, es lo de menos. Pueden ser también las ganas de salir de lo mullido. O la voluntad exploradora. Sin descartar el contagio por celo del prójimo. De todo vive el Señor, y por todo pasa. En fin, que hay poetas puros (en la monotonía de su ejercicio) y hay poetas mixtos en sus afanes. Y eso es bueno. Lo que no es habitual, entre los últimos, es que mantengan el mismo nivel de calidad en sus distintas manualidades públicas. Los testigos de estas variaciones suelen disentir sobre en qué paisaje: poesía, narrativa, teatro o crítica, logran su nivel de excelencia, cuáles son sus debilidades y cuáles sus fortalezas (por decirlo con la jerga actual). Aquí levantó la mano y el gesto la becaria, más callada este año que de costumbre. Jefe, eso lo saben hasta las vascas y los vascos de pecho, aquí nos interesa el morbo de los nombres, la comidilla ¿nos puede iluminar con ejemplos de unos y otros? Este tema da para mucho. Breve descanso. No está el patio para jaleos nuevos, piensen en Umbral, piensen en Gala, que yo con lo que tengo encima – prosiguió el Jefe– no caeré en trampas de poner propios actuales a esos otros que ustedes saben o suponen. Sólo diré que, en las cercanías que nos atañen, existen unos como Joaquín Pérez Azaústre o Pedro A. González Moreno, este último reciente ganador del premio Café Gijón de novela, con los cuales es fácil distinguir su poesía y/o su literatura de la literhartura.  Y apagó el plasma.       
     

jueves, 28 de septiembre de 2017

Un poema de Eduardo Merino: Qué hago yo.

    
  
    No reside en lo abstracto, necesita el mundo físico y los alrededores del abrazo. Sentir. Necesita que algo ocurra, aunque sea leve: un aire tímido que regresa y recuerda, el olor a cariño que perdura en ropa ajena, una palabra que suave le toque el hombro, una brasa pequeña que se olvida del fuego por hablarle. O un sitio en donde la esperanza de la felicidad alguna vez se hizo anunciación para ya no marcharse. Es buen lector, buen amante del libro, de los libros, ama explicarse con ellos y por ellos. Le mantienen. Es furioso lector de poetas que escriben carnoso, que se dejan palpar, de Félix Grande, de Joan Margarit, de José Luis Morales, por ejemplo. Es Eduardo Merino. Madrileño de Cazalla de la Sierra y poeta. Vive viendo brotar su obra, acequia ya en plenitudes. Este verano se ha (y nos ha) deparado una excelente sorpresa. Muy suya. Al hilo de una sensación de consuelo, tan necesaria, y que desea aventar, ha hecho imprimir un cuaderno de poemas que titula Casa prestada. Casa cierta en los montes de Huelva. Frescor para el estío. Agua árabe y sanadora. Sosiego de la tarde, compañía. Libros donde buscar. La luz sobre el amanecer del huerto. Un papel cerca.

Del cuaderno Casa prestada, este poema


Qué hago yo

(En El Castaño, leyendo a Jacobo Cortines)


Te agradezco lo dicho y que me cedas
la palabra que tomo entre temblores
de no saber usarla.
                                           Jacobo Cortines


Qué hago yo en esta tarde
tibia de agosto que agota sus horas
en un patio tranquilo y fresco
rodeado del aire de la sierra
leyendo los poemas y las notas
al margen de un poeta
naturalista y pasional.
Por qué no miro yo mismo las hojas
de la parra o el limón aún verde
la alberca que derrama por su caño
el agua fría en una huerta
que alberga mi consuelo.
Los propios cerros que rodean
con alma mi paisaje.

Qué hago nutriéndome de las palabras
tan bellas y precisas
que me cede el poeta
en lugar de levantar mi mirada
y simplemente observar lo que pasa
que todo pasa y apenas pasa nada
en esta casa prestada que habita
mis días de verano.
Y escuchar simplemente lo que se oye
que todo se oye y nada se oye.
Que la golondrina pasa y no pasa
y que la abeja está y no está
pero su zumbido es como el susurro
inesperado del silencio.

El poeta contagia sin embargo
su mirada profunda
y su propio paisaje.
Su voz encendida y sus nieblas.
Confundo sus recuerdos con los míos
y sus montes se tiñen del reflejo
enrojecido de mi cielo.
El pájaro que canta
en su verso no es el que yo oigo
pero acaso es el mismo.

Como acaso el mismo es este crepúsculo
que va oscureciendo la luz
de sus palabras y alejando así
también el nombre de las cosas
que cruzan mi horizonte.

Sin muros ni fronteras
los versos se entremezclan
rotundos con mi historia.