Rafael Escobar habla de Locus Poetarum

Unas palabras sobre "Locus poetarum”

Por Rafael Escobar


Unas palabras sobre "Locus poetarum" el último hito imperdible en la trayectoria de uno de nuestros mayores maestros: Francisco Caro.
Un Juan de Mairena. Es una evocación que pudiera surgir en la mente del lector. Pero no por el uso de la coartada ficcional profesor-alumno (similar a la utilizada por el propio Caro en uno de sus mejores libros, el Cuaderno de Bocaccio, que atesora una estructura tan sutil y perfectamente hilvanada como cualquiera de los suyos). Sino por razones que atañen a la belleza, la dignidad, una larga trayectoria hacia la precisión y la esencialidad en la palabra ya totalmente redonda, en definitiva, por una madurez, simultáneamente creativa y humana que, sin negarle al tiempo su tarea de devastación, ha logrado replegarse a la sabiduría, a todo lo, que se sabe conciliación con uno mismo y con la vida pero no resignación porque sabe que el placer o la caridad aún le conciernen .Y que solo en la rendición última de ambos se obrará el triunfo de la muerte.
Ya José Cereijo en su prólogo (que se debe leer entero como pórtico a estos versos no solo por bello sino por exacto), plantea una dualidad perpetua entre violencia y piedad que es una de las claves interpretativas del poemario, desde el texto inicial “La fragua de Ángel” (también perceptible en “Cantera” o “Rastro” más decantado al que escalofrío que sugiere la inesperada atrocidad de lo verbal) y ese Qué dúctil a los versos es el hierro/yo he visto hacer su forja, emblema de un oficio que es capaz de afrontar lo más despiadado para conducirlo a una metamorfosis deslumbrada en que pueda vivirse como ternura, como si las palabras no fueran más que alimañas (…escribir/poesía es también y desde Homero/un acto de legítima defensa concluye “Contra la indefensión”, uno de los textos más brillantes del conjunto) cuyo sueño íntimo fuera integrarse en un orden (“Arroyo”, “Duino”) o trazar una solidaridad entre todo lo que se sabe vulnerable (“Palabras y claustro”) y por ello el trabajo del poeta es asimilable a cualquiera que busca una confrontación con lo más áspero de la naturaleza con el objeto de sobrevivir o alimentar la avidez de otra realidad posible (“Haces”, “Ferrería de Checa”, “El cazador”, “Parábola”).
Desde el “Primer trimestre”, el Maestro conmueve por su radical honestidad: por revelar la escritura como un delirio que es capaz de desvirtuar la literalidad más insulsa de lo cotidiano (“Advertencia”) para crear la ilusión de que no pisamos este barro o que la nuestra es una aventura elegida (“La curva libertad”), o un instinto que solo puede sentirse como legítimo (por saber que sólo lo roto es lo genuino, como parece sugerirnos “Monedas”) a partir de la necesidad de desahogo del dolor a partir del cual puede iniciarse su metamorfosis en serenidad (“Apócrifo que el poeta recibió de Cernuda”, “Forma”) o hacernos caer en la trampa, tan confortable como cruel, de que nuestra miseria es relativa (Me excitaban sus voces, su experiencia/saber que mis excesos/eran en ellos/minúsculas noticias, detalles cotidianos se afirma en “Denuncia”) hasta una derrota final en que todo arte queda revelado como una simple muesca sobre un mundo cuyos verdaderos perfiles rara vez se pueden transitar (“Solos, vagabundos”).
              Lúcido, apela a cómo escribir requiere conjurar el miedo de ser visto como un agente de inquietante disidencia (“Arco detector”, “El poeta se recuerda en el tren con Pavese y recuerda sus palabras”) y por ello lo retrata como un itinerario odiseico sembrado de trampas y retos que ponen a prueba la resistencia mental (Lo miro,veo/que hay en él una hilera/de pavesas y niñas obstinadas/en el borde del mar/caminando senderos/de vidrios rotos nos dice sobre “El verso”) y en el que la identidad es solo la rúbrica de un proceso de lucha y convivencia con el dolor (Luego cuando logréis/que la señal trzada/os haga inconfundibles/llamadla voz se nos recuerda en “De la voz como estela”),e igualmente, el estoicismo de aguardar cómo la vida va lentamente destrenzando algún perfil que pueda ser legible y “narrable” a medida que nos ha abandonado la juventud y con ella cualquier tipo de ambición (No hallarás su lugar, su territorio/hasta que escribas solo,/vacío de ambición y para nadie,/como si hubieras muerto sentencia en “Espera”), defenderse con una distorsión ficticia de uno mismo en que puede peligrar la propia identidad (“Máscara”) al mismo tiempo que nos sugiere como el “culturalismo” genuino rechaza la exhibición de la cita erudita para convertirse en una asimilación más vital que artística de una voz ajena cuya captación permite ser recreada (“Oliverio y los versos”, “Alguien escribe el último poema de Anne Sexton”, “El encuentro”, “Alejandra Pizarnik ensaya su muerte”) y en la que lo fabulado a través de lo libresco llega a cobrar espesor de casi impresiones sensoriales (“Fuego en Paestum”).
E igualmente, como el poema adquiere su propia iniciativa de ser vivo y autónomo (no en vano germina y crece en un proceso marcado por la misma espontaneidad de la naturaleza, como retrata en “Pregonar el poema”), una sabiduría, resultado del hecho de saberse esencia y no forma (“Nunca”) que le lleva a replegarse en la soledad (y por eso el verdadero poeta hace que vida y desasimiento sean procesos simétricos, como nos recuerda “W.H. Auden”), a diluir su nombre entre signos casi intocados que se resisten a su instrumentalización y en los que preserva su derecho a la fragilidad (“Una palabra virgen”) y a entregarse a quien le muestra orfandad y no intereses espurios (“Sobre la indefensión”) frente al afán de presunción (lúcidamente retratado en “Anónimo aviso”) de quien lo escribe (No os extrañe/si el buen poema escrito/permanece secreto, sigue oculto/a la vista de todos, entre miles y miles/solitario en “El buen poema escrito”), cuya gloria, siempre fortuita y finalmente hueca, concluye en la fosilización en ese “ataúd llamado obras completas” que dijera José Emilio Pacheco.
Poco más se puede ni se debe comentar. Una lección de escritura y vida que merece tal nombre no por aludir al marco imaginativo que nos ha propuesto el autor sino por necesario tributo a quien sabe afrontar la escritura desde el mismo tuétano de una verdad tan afiliada a la espontaneidad como ajena a toda impostura, tal y como sintetiza en “Cabo”:

Testigos del suceso
de la espera,
vinieron a ofrecerse
los pronombres

entonces derramaron
sobre los folios sal,
labios, azul, contigos.

Él y yo solos
-dije, resuelto-,
los dos y solos,
no dejaré
que nada nos ayude
sea puro el poema
sea puro
el temblor que lo escribe,
sea puro el fracaso

ni él ni yo debemos
aceptar más palabras.

Facebook  11/07/2017


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